A David, y a todos los que sufren y luchan contra el paraganglioma.

―¡Resiste, amigo! ―gritó el viejo Charli al comprender las intenciones del perverso Goliat―. ¡Confía en tu destino, nunca te rindas, el tiempo juega a nuestro favor! ¡Y venceremos, aunque la lucha sea larga!

Nunca se había visto una lucha tan terrible en el espacio, como la que sostenían Goliat el Malus y los guardianes Cementoman.

Goliat dirigía con furia sus fotones metastásicos al valiente Superdavid, que los esquivaba con su arte de taichí.

Leo y sus amigos no sabían cómo podían protegerlos. Los guardianes necesitaban de nuevos escudos más eficaces… Por fin se les ocurrió una idea…

En la noche infinita, perdida en el tiempo y en las estrellas, una sinfonía maravillosa y mágica sonaba. Goliat, incapaz de comprender y resistir la creación humana, dejó de disparar sus armas.

Superdavid, bocabajo, y el viejo Charli, como un caracol, aprovecharon para recuperar fuerzas y activar sus mentes protectoras con la ayuda de la melodía.

Leo sabía que aquella música era una de las selecciones preferidas de su abuelo. Así que conectó el ordenador con el potente telescopio ultrasónico.

Fue Lolo, un amigo de Leo, el primero que descubrió cómo los rayos de la luna llena iluminaban las teclas de un viejo órgano cubierto de polvo, junto al telescopio interestelar.

Sin dudarlo, ambos pulsaron las teclas iluminadas por la luna, que se deslizaban en el teclado movidas por un sorprendente Arcoíris en la noche, llena de magia.

Los guardianes percibieron el comienzo sublime de la Quinta Sinfonía de Beethoven, las notas alegres de la Primavera de Vivaldi y lo más vibrante del concierto coral del Réquiem de Mozart.

Y de manera sorprendente, una música celestial superaba aun la maravilla anterior. Un órgano  atronó con resonancias increíbles el Universo.

Cada nota vibraba y se descomponía en miles de sones maravillosos entre asteroides, cometas  y estrellas, creando efectos lumínicos asombrosos.

Nunca se había escuchado una música espiritual tan profunda, cuyos ecos rebotaban en el Universo a la velocidad de la luz. Imposible describir tanta belleza y armonía.

Goliat cambiaba de color, del rojo al violáceo y después al negro, incapaz de comprender la maravilla de la vida, del arte y la creación humana, no pudo resistir más y estalló en fragmentos cuánticos por todo el Universo.

Los Cementoman, con lágrimas en los ojos, se recuperaban exhaustos en el espacio interestelar mientras escuchaban y contemplaban la belleza de tanta armonía celestial.

La naturaleza mágica se unió a la celebración. Al desaparecer Goliat, el cielo estallaba en cientos de auroras boleares con una sinfonía de colores.

Tornasoles azulados, verdes, amarillos, púrpuras, violetas, rosas…  se fundieron en un radiante Arcoíris.

Carlos Algora