Tierra enfebrecida y sedienta, otoño tardío.

Encarna la resurrección tras la sequedad del estío.

Alfa y omega, principio y fin, vida y muerte.

Crepúsculo de la vida que muere en el bosque.

Génesis de la vida con la semilla naciente.

 

El otoño nos deleita con los fulgores de la naturaleza.

Amarillo de las alamedas cuando las hojas planean su último vuelo.

Amarillo veteado de los níscalos, lactarius deliciosus, manjares del pinar.

Verde esperanzador, nos agasaja con sus diferentes matices.

Naranja, cítricos y  Amanita Cesárea, placer de los césares.

Granate, granadas con granos de diamantes.

Ocre, castañas, bellotas… la madre tierra.

Rojo crepuscular que incendia la arboleda,

lustre de muchas bayas y del etílico madroño,

pasión por la vida antes de la muerte.

 

Abuelo, ¿cuál es tu color favorito?

Los que tiñen mi retina y están en mi rojo corazón.

El azul del cielomar y los anchos horizontes con sabor a libertad.

El violeta y el rosa, en la vida y en la pasión del amor.

El dorado de la monumental piedra cuando el sol declina.

Todos… en el arcoíris  preñado de esperanzas.

Todos… en los destellos del amor.

 

¡Os propongo sucumbir al otoño!

Descubrir cómo la naturaleza es fuente de sanación y goce.

Oportunidad de recogimiento, meditación e iluminación interior.

Emborracharnos de paz  con estos días mágicos y otoñales.

Empaparnos con todos los sentidos de sus colores, olores y sabores.

Escuchar el bramido de la berrea que anuncia el otoño,

la alfombra de hojas marchitas que anuncia el final.

Abrazar un árbol centenario y palpar la fuerza de sus anillos.

Pasear con la conciencia del instante por las alamedas y castañares.

Mientras las ramas desnudas tiritan y se balancean,

olfatear la castaña asada y contemplar la candela crepitante,

saborear la hierbabuena y la sopa humeante.

 

Quién lo diría al contemplarme, si exclamo

que, pese a los pesares y las travesuras del destino,

soy afortunado.

 

Carlos Algora