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6. Con El Cuerpo Paralizado En Mi Crisálida

ODISEA DEL AUTOR – EL MAESTRO DE LA MANO NEGRA

6. Con El Cuerpo Paralizado En Mi Crisálida

Mi tercera operación alejó los fantasmas de la invalidez y alivió mi médula comprimida. Los neurocirujanos que me operaron consideraron un éxito la intervención, ya no había riegos de quedarme lisiado en un futuro inmediato. Ahora podía tener una evolución favorable, pero el destino me reservaba una segunda pesadilla que pondría a prueba toda mi filosofía.

Después de cuarenta años de docencia, ya jubilado, me enfrentaba a un nuevo curso existencial. El “ser o no ser” shakesperiano era el paradigma de mi nueva realidad. Con esmero preparé dos libretas especiales. Una a modo de diario, que ilustré con un cromo antiguo de una mariposa, mis favoritos, por tener una simbología clara: el vuelo de la libertad después de la metamorfosis paralizante. En otra, de tapas violeta, color crepuscular que tanto me gustaba, la usé como una guía filosófica que recogía las enseñanzas extraídas de otros libros, pensamientos, prácticas de salud y de vida con una finalidad clara: la sanación.

Poco podía imaginar yo que la gran esperanza recomendada por un equipo de oncólogos, era un costoso veneno para mi cuerpo. La quimio iniciada en lugar de frenar mi metástasis de paraganglioma, la hizo avanzar entre mis sufridos huesos, provocar ataques tan intensos de agudo dolor que podrían nublar la razón del más bravo. Debí hacer, como en broma comentaba, dos o tres másteres sobre el sufrimiento. Así, pues, dediqué todo mi intelecto para prevenir y atajar las acometidas punzantes una vez que las experimentaba. Afrontar desafíos para calentar mis músculos y lograr dar unos cortos pasos con el cuerpo paralizado en mi crisálida y cómo mantener la luz y la sonrisa a pesar de los pesares… De este modo, profundicé en el conocimiento de mí mismo y de mi dolencia. Era mi particular lucha contra el cáncer, pasarían meses para volver a centrarme en mi novela. ¿Podría terminarla?

Logré entender con mi dolor intenso un hecho para mí hasta entonces incomprensible: el grado de desesperación o de locura que alcanzó el padre de un alumno, un entusiasta de la vida al que yo apreciaba, para arrojarse por el balcón de una ventana a consecuencia de un grave mal. La crudeza de la realidad puede sobrepasar la ficción.

 Son extremas las historias que he vivido en mi convalecencia. Me he caído con la conciencia perdida…, me he incorporado con la ayuda de mi mujer. Me he visto inválido sin poder moverme, abatido por el dolor, hemos llorado juntos y hemos reído… Pero me he levantado gracias a su amor y ninguno de los dos miramos atrás ni nos compadecemos. Son heridas, ya cicatrices, que hemos superado y nos hace más fuertes. He sentido también como un bálsamo el apoyo de mis amigos.

                                                                                                                  Carlos Algora

2020-05-05T23:51:58+02:00 21 mayo, 2020|Noticias, Odisea del Autor|0 Comments