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18. Maray la amazona

Con vocación de abuelo y de narrador de historias tengo la tentación de contar relatos reales envueltos en fantasía y épica. El de Maray la amazona va dedicado a una buena amiga y a su hijo.

DESTELLOS EN EL CREPÚSCULO

18. Maray la amazona

Los hijos de Goliat que habían sobrevivido estaban rabiosos, su terrible venganza contra Superdavid había fracasado.

Maray, la joven amazona, era la más valerosa para dirigir la lucha terrestre contra los paragangliomas y sus primos, los feos requetemalos.

Leo y sus amigos del STV (Servicio Terrestre de Vigilancia) no podían valerse de los Cementoman, aún convalecientes tras el reciente desafío.

Maray, como valiente amazona que era, los suplía en la vigilancia. Recorría en solitario el espacio cuando un extraño meteorito chocó con la nave.

Salió con su traje espacial para comprobar los daños cuando fue rodeada por los sanguinarios paragangliomas.

Maray había usado en otros tiempos un escudo protector luteciano; sin embargo, ahora, no había recelado de la trampa.

Los paragangliomas, como fieras sedientas de tan codiciada presa, disparaban sus fotones pegajosos a la gran herida de Maray, secuela de una terrible lucha anterior.

Ella se revolvía furiosa y, como una aguerrida amazona, aplastaba con la fuerza de sus manos y sus pies a los inhumanos.

Los paragangliomas continuaban disparando fotones. Se adherían a la gran cicatriz y a los intestinos de Maray. Pero ella no se rendía. Cada vez se encontraba más agotada. Los paragangliomas celebraban con su risa diabólica el fin de tan importante guerrera.

Desplegaron una nube tóxica de virus y bacterias sobre la abatida amazona que perdía la conciencia.

En ese momento, otra nave arrolló con fuerza a los siniestros enemigos. Noah, su hijo, y la pareja de Maray, Philipo, con escudos trenzados de amor, acudieron a su rescate.

El STV había recelado de la tardanza y de la falta de noticias después del choque con el inesperado meteorito. Leo dio el aviso a Philipo.

Con furia de titanes, padre e hijo cogieron el cuerpo desvalido de su querida Maray.

Noah, un gran campeón y admirador de Superdavid, lo imitaba con destreza en el aire para evitar ser alcanzado por el fuego enemigo.

Maray, en coma, se debatía por su vida en el centro operativo sevillano Virgen del Rocío. Su situación era muy delicada.

Mikel Ángelo, médico y experimentado luchador contra los paragangliomas, contactó con el equipo de Cuidados Intensivos que asistía a Maray.

La tensión era máxima en el sector enfrentado a los sanguinarios inhumanos.

Todos se lamentaban: “¡Esto no puede ser verdad!  ¡No puede ocurrir!”

Pero, ¿qué se podía hacer? ¿Cómo ayudar a la desvalida amazona? Era necesario un milagro.

Philipo estaba abatido después de varios días. Apenas había mejoría, Maray continuaba dormida.

Para colmo,  en la Federación se respiraba  tirantez política. Desde siempre, Maray, el viejo Charli y Mikel Ángelo habían evitado tensiones. Sabían quiénes eran los únicos enemigos a batir, sin fronteras ni distracciones: los paragangliomas y sus primos requetemalos.  

Llegó la Nochebuena y la Navidad. Maray sentía su cuerpo atrapado como en un agujero negro.

En la espiral insondable, una voz atravesaba las tinieblas, era la de Philipo:

—Noah ha preguntado por ti. ¡Despierta! ¡Te queremos!

En ese mismo instante, desde numerosos hogares de Sevilla, Cádiz, Granada, Girona, Barcelona, Ibiza, Alicante…, imposible enumerar todos los territorios, incluso de lejanas galaxias…, imposible nombrar a tantas personas, sin distinciones políticas ni credos, unidas por un sentimiento especial de ternura y sanación hacia la joven amazona, un asombroso flujo mental, unas vibraciones de energía positiva equivalentes a megatones puros de amor, rayos lumínicos y eléctricos, tornasoles descompuestos en arcoíris y brillos de plata confluían en la espiral de Maray y la iluminaban para que la amazona encontrase el camino de regreso desde los abismos.

La luz cuántica procedía de multitud de mentes, oraciones, corazones de buena fe y anhelos de seres humanos.

Maray, con su cuerpo contorsionado por el sufrimiento, seguía ese camino de luz y los sones acariciadores de Philipo, una voz que ella amaba y reconocía.

El vértigo de la vida, las fuerzas tenaces de la supervivencia se abrían paso. El misterio de tantas fuerzas invisibles que convergían en Maray se hizo energía.

Una cegadora luz blanca ligada al misterio de la creación se descompuso en azules, rojos, violetas… como si hubiese penetrado en un prisma.

 —¿Cuántos días llevo aquí?… Tengo un cometido al que nunca voy a renunciar: ver crecer a mi hijo —fueron sus palabras.

Hasta la luna llena que acompañó el último viaje de Mariajo, la cementowoman, se reflejó un instante en el ventanal, encendiendo una gota de rocío para saludar ese encuentro sublime con la vida.

                                                                                                                Carlos Algora

2018-04-04T11:06:52+00:00 7 April, 2018|Destellos en el Crepúsculo, Noticias|0 Comments